México ante la sucesión presidencial, por Juan Patricio Riveroll
Un cambio en el ámbito colectivo no se da sin voluntad política. Si quienes gobiernan un país -éste, el de al lado, el de más allá- ven por intereses particulares, ya sea los de ellos mismos o los de conglomerados privados o multinacionales, la raíz de cualquier toma de decisión llevará el sino perverso de su naturaleza. Podrá funcionar en relación a los intereses para la que fue fraguada, o encallar, pero no existe la posibilidad de que tal causa de acción repercuta en el bienestar de los que están fuera de esas esferas, los eternos olvidados, la inmensa mayoría de los ciudadanos del mundo. Entonces, la única manera de proponer una crítica constructiva con miras al porvenir es partir de esa supuesta voluntad política sin la cual no hay transformación real. El México del siglo XX es la historia de un sin fin de abusos rapaces a la patria, quizá con la excepción de la administración pública de Lázaro Cárdenas, que aunque bien pudo tener sus bemoles, como siempre los hay en las turbias aguas de la dirección ejecutiva de un país, a fin de cuentas le reportó a la nación beneficios concretos, haya sido por una inusitada coyuntura histórica internacional, una honesta voluntad política o la combinación de ambos factores.
Vivimos en un sector del planeta regido por el narcotráfico. La llegada del Partido Acción Nacional al poder ejecutivo implicó que los lazos tradicionales que unían a la élite política priísta con los capos se rompiera; la ingenua omisión de Vicente Fox era irrevocable para la llegada fraudulenta de Felipe Calderón al poder, y el curso que éste tomó para refrendar su gobierno ilegítimo fue una abierta guerra contra los cárteles de la droga, perdida antes de que diera comienzo. Pero la idea detrás de la batalla nunca fue ganarla, sino crear un enemigo para distraer al electorado en un símil mucho más sangriento y pernicioso de lo que hizo George W. Bush durante sus ocho años de gobierno a miles de kilómetros de sus fronteras y en otro continente. Felipillo el espurio sólo podía hacer la guerra aquí, en territorio nacional, derramando sangre mexicana a ambos lados del altercado: policías, militares, políticos y agentes especiales por un lado; sicarios, narcotraficantes y fuerzas paramilitares por el otro, todos con acta de nacimiento emitida por los Estados Unidos Mexicanos que cada vez lo son menos. El país muere desangrado.
Salvo excepciones, no hay criminal que avance en esa senda delictiva sólo por gusto, por vocación. Existirán casos, pero serán pocos e inevitables dentro del cauce genético de la especie humana. Quien se adentra en la jungla aterradora que comienza al dar un paso fuera del marco legal -por arbitrario e ilógico que éste sea-, lo hace en primera instancia por necesidad. Cuando sólo se conoce la pobreza se busca bienestar a toda costa (de sobrevivir, los lujos vendrán después), pertenencia a una sociedad cerrada que no acepta allegados advenedizos y, tal vez, más allá de lo anterior, un hombre común que nunca ha recibido amor intenta encontrarlo encumbrado en el poder y lo confunde con el sometimiento, el respeto o, en ocasiones, con el miedo. Porque sí, es posible confundir un abrazo de aprensión con uno de genuino afecto, sobre todo si no se tiene una idea más o menos clara de lo que significa el amor de una familia que quizá no fue capaz de darlo a causa del hambre, de la desesperación. Ni al capo más sanguinario de los capos de este país puede juzgársele en su carácter moral sin antes preguntarse sobre el entorno en el que nació, cómo se crió y el dolor contenido en la tragedia que debió ser su vida antes de que matar le resultara un impulso tan común como comer un taco de barbacoa. ¿Cuánto dolor y miseria hay en nuestro país para que tantos estén dispuestos a dar su vida a cambio de unos cuantos pesos en el ambiente del narcotráfico en su estado actual, enardecido al rojo vivo con tintes demoniacos?
En el debate entre los candidatos de la pasada contienda presidencial la propuesta de Calderón y Roberto Madrazo para solucionar la inseguridad nacional era idéntica: ampliar la nómina policiaca y militar, adquirir más patrullas, tanques, armas de alto calibre y balas, muchas balas, para combatir al crimen organizado con pólvora a gran escala. Levantar bardas más altas, fortalezas más seguras para que la chusma criminal quede fuera del reino. Con ambos partidos aliados para lograr el complejo y bien armado fraude electoral de ese año, prevaleció el método de “luchar por la paz”, una evidente contradicción en términos. En cambio, el candidato desacreditado por la oligarquía mediática, económica y política del país proponía como solución a la inseguridad redistribuir la riqueza de una manera más equitativa, emplear el dinero del erario en educación, en inversión a futuro, en incluir a la infancia dentro del proyecto pendiente de nación para que cuando crezcan esos niños no se vean forzados a trabajar de narcomenudistas como inició, por ejemplo, Osiel Cárdenas Guillén, uno de los tantos narcos desmedidos que de la penuria a la rentabilidad de la venta de droga llegaron hasta arriba. Cárdenas Guillén está vivo y morirá enjaulado, mientras que la regla en ese oficio es perecer joven con varios gramos de cocaína en la bolsa para mitigar lo infernal de una vida a salto de mata que deja ya no charcos sino chapoteaderos de sangre a su alrededor.
Los vientos venideros soplan de nuevo en favor del Partido Revolucionario Institucional que está de regreso y decidido a recuperar la presidencia. A dos años de la elección no veo a los medios de comunicación y los hombres del dinero alineándose con un candidato como Marcelo Ebrard, posiblemente un mal menor, en cambio una alianza análoga a la de hace cuatro años pero ahora con Enrique Peña Nieto de títere-delfín es casi inminente. La oligarquía no dejará de lado sus privilegios en aras de un pueblo al que desprecia con sus actos a diario y en todos los planos: socioeconómico, político y cultural. Mientras que los gobiernos post-revolucionarios se han esforzado en no educar a la mayoría de la población para continuar explotándolos y oprimiéndolos al grado de forzarlos a buscar trabajo en el Imperio del norte, humillados y con el riesgo latente de perder la vida en el intento, los medios masivos de comunicación que comienzan con la hegemonía de las dos televisoras-chatarras han hecho su parte para mantener a los mexicanos aletargados, dormidos entre la miseria y una caja negra que proyecta desinformación y un paupérrimo entretenimiento embrutecedor. En México, los últimos culpables de la delincuencia son los delincuentes, pero son los únicos que son juzgados por los tribunales y la opinión pública que ve y escucha esos mismos noticiarios y lee esos mismos periódicos alineados de forma tácita al poder. Así se mantiene el status quo.
En la carta de renuncia a su puesto de asesor personal del procurador de la República en 1994, Eduardo Valle Espinoza, ante su fracaso en la captura de García Abrego, en ese entonces jefe público del cártel del Golfo, lanza agudas interrogantes: “¿Cuándo tendremos la valentía y la madurez política de decirle al pueblo mexicano que padecemos una especie de narcodemocracia? ¿Tendremos la capacidad intelectual y la fortaleza ética de afirmar que Amado Carrillo, los Arellano Félix y Juan García Ábrego son, en forma inconcebible y degradante, impulsores y hasta pilares de nuestro crecimiento económico y desarrollo social? ¿Que nadie puede perfilar un proyecto político en el que no estén incluidas las cabezas del narcotráfico y sus financieros porque, si lo hace, se muere?” Tres presidentes después la realidad implícita en estas preguntas puede ser una obviedad, y aunque los nombres cambien, el sistema bajo el que este país funciona es ése, la narcodemocracia, porque, en efecto, si un individuo en posición de poder se lanza en contra de los intereses del narco con posibilidades reales de obstaculizar su marcha implacable, se muere.
El gasto en educación, método directo para traducirse en mejor alimentación y salir de la pobreza a mediano plazo, no va en contra del narco, sino de la oligarquía tradicional que posee empresas legales, puestos públicos oficiales y posiciones de poder acreditadas socialmente. Programas sociales comunitarios no van en contra del narco. Educar y alimentar al pueblo de México para que en un futuro no tan lejano pueda sobrevivir la debacle bélica contemporánea es una tarea imprescindible que el narco no obstaculizaría si se echara andar, pero para esto, reitero, es necesaria la voluntad política de la cúpula, que en el caso del Estado mexicano no es el poder ejecutivo sino quienes pusieron ahí a quien ocupa ese lugar. (Él funge como gerente en el changarro que dejó el foxismo; otros son los dueños.)
Ignoro si el probable retorno del PRI al poder ejecutivo federal pueda al menos disminuir las muertes acumuladas a diario a causa de la guerra contra el narco. Dudo que aparezca en el horizonte un candidato de oposición capaz de vencer al PRIAN tras el franco desprestigio de Andrés Manuel López Obrador, el único político que, en mi opinión, ve por el desarrollo del pueblo de México y toma decisiones acorde a su vocación de líder popular, no populista. Los errores que ha cometido a partir del fraude electoral perpetrado no contra él sino contra quienes votaron en las urnas aquel día no han sido actos egoístas sino más bien denotan la falta de una estrategia viable ante el cerco en el que ha sido enclaustrado. Ignoro también si, en caso de que en efecto veamos al PRI de regreso en la silla presidencial, aún exista la posibilidad de pactar con los cárteles para de alguna forma llegar a una tregua, porque esta guerra nadie la va a ganar -ninguna guerra se gana, mucho menos esta-, y es la patria la que se está perdiendo a sí misma a manos de la miseria material y espiritual de los hijos que la gobiernan. Legalizar las drogas sería un buen paso hacia una posible solución, pero mientras esa medida no la adopte también el Imperio del norte, sería un gesto loable de discretas consecuencias. El gran negocio de México es la distribución de sustancias ilegales de su lugar de origen al territorio en el que más las consumen y en el que están completamente satanizadas. Siempre en busca de enemigos, el Imperio ha encontrado en el narcotráfico un digno oponente que por colindar con su frontera es capaz de amedrentar a su población igual o más que el terrorismo fundamentalista árabe que le permite seguir abasteciéndose de petróleo para dominar una economía basada en él.
Lo que es un hecho es que, de no detener esta farsa -el combate en contra de la hidra venenosa de mil cabezas-, lo que queda del alma de México irá desapareciendo hasta extinguirse. Es momento de actuar con honestidad y pensar en la colectividad, de parar el gasto en fuego y derrocharlo en educación, en asistencia social progresista, en acicate humanitario que sustituya las balas expansivas que traspasan blindajes.
Vivimos un momento histórico de emergencia que me trae como sarcástico recuerdo palabras olvidadas, vomitadas por aquella caja negra: “Y ahora, ¿quién podrá ayudarnos?”



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