México a.C., por Rafael Toriz
Pocas son las circunstancias de las que una ingente generalidad de mexicanos puede preciarse de conocer a cabalidad, con doctoral empirismo; la principal de ellas, con la certidumbre que otorgan décadas de adversidades nutridas por autoridades tan corruptas como ineptas, problemas básicos de salud y educación, contingencias internacionales, intereses extranjeros, una enclenque sociedad civil y hasta la desidia de los mismos gobernados, probablemente sea la de padecer la crisis, concepto luciferino donde los haya que no sólo denota un estado económico o político paupérrimo sino que, en nuestro caso, es sobre todo una impostura cultural asumida y una manera resignada de sobrevivir: pan de antier al que no obstante la añeja familiaridad es imposible aclimatarse para siempre. Mucho tiempo ha transcurrido desde que el país dejó de ser el cuerno de la abundancia y el Monte de piedad se volvió millonario lucrando con la necesidad de la gente.
Afirma una leyenda cada vez más fantasmal –en este país todas las voces vienen de Comala– que en algún momento de nuestra historia existió un México mitológico anterior a las crisis (a. C.), pleno y rozagante.
Desde luego, para las generaciones nacidas de los años setenta a la fecha, tales aseveraciones no son otra cosa que fantasías prehistóricas: todo aquel que tenga los ojos abiertos sabe que decir México es un sinónimo perfecto para referirse a las dificultades y los aprietos de la vida cotidiana.
Cinturita de avispa
Hace algún tiempo aseguré con suficiencia que si para alguna actividad física es notable el temperamento nacional es para resistir los chingadazos, juicio que en su momento me pareció preciso y que ahora sin embargo me parece limitado, pues otra de nuestras capacidades sobresalientes es la de apretarnos, con la pericia de un contorsionista hindú, el cinturón en momentos de penuria, como tantas veces han recomendado banqueros, secretarios de economía, gobernadores y presidentes; después todo las familias mexicanas saben que echándole más agua a los frijoles donde come uno sin mayor problema comen diez.
Al respecto de tales imágenes simbólicas resulta imposible no recordar al nunca suficientemente infame José López Portillo –autodenominado “el último presidente de la revolución”– quien, durante una entrevista con periodistas extranjeros en 1981, acuñó su famosa frase que ladraba “defenderé al peso como un perro”, para después devaluar la moneda y propiciar una de las peores crisis nacionales de las que se tenga memoria. Con López por pillo no sólo se volvieron credos sentencias como “el que no transa no avanza” o “la corrupción somos todos”; también fue la época en que el país pasó de una deuda externa de aproximadamente 19,600 millones de dólares a mediados de los años setenta a 59,000 millones a principios de los ochenta, con una inflación del 90%, un profundo desempleo y el precio del dólar rondando la estratósfera. Conviene recordar a su vez que durante su gestión se destacó por su capacidad para robar y despilfarrar el erario público el tristemente célebre Arturo “El negro” Durazo, jefe de la policía del Distrito Federal y amigo de infancia de “El Perro”, quien demostró una voracidad mayor a la de Alí Babá y los 40 ladrones al hacerse construir una variante del Partenón griego en la carretera libre a Cuernavaca que contaba con lagos, hipódromo, numerosas estatuas, helipuerto y hasta una réplica exacta del Studio 54. Es evidente que este país ha rebotado de crisis en crisis debido a la voracidad desaforada de incontables canallas y que tales padecimientos se han visto reforzados por una sociedad apática sin mayores preocupaciones que la exclusiva satisfacción de intereses personales.
Otro paladín de nuestros infortunios fue sin duda Miguel de la Madrid, a quien le agarró el temblor a la mitad de su sexenio (1985) y, como buen charro, prohibió en un principio la ayuda extranjera y tampoco permitió el apoyo del ejército en las labores de rescate durante las primeras horas de la tragedia, lo que hizo que la sociedad civil, esa extraña presentida, se organizara para hacer frente a la debacle.
Entre otras granujadas Miguel de la Madrid será recordado –por una enteca minoría en extinción– no sólo por su neoliberalismo radical a prueba de balas sino por haber sido el presidente al que “se le cayó el sistema” en las elecciones de 1988, comicios en los que el entonces y sólo entonces honorable Cuauhtémoc Cárdenas aventajaba notablemente al panista Manuel Clouthier (muerto en circunstancias sospechosas debido a su resistencia civil después del amañado resultado electoral) y a Carlos Salinas de Gortari, quien no obstante, al regresar las cosas a “la normalidad”, quedó ungido como flamante presidente sólo para propinar a nuestra moribunda economía el tiro de gracia –de nuevo y por increíble que parezca, una de las PEORES crisis de nuestra historia–, enriquecerse junto a su incómoda familia, desbaratar y repartir paraestatatales a discreción y dejar a su paso un animal fantástico que funcionó como un excelente distractor político mejor conocido como “el chupacabras”.
Este pequeño recuento podría seguir hasta nuestros días, pero la intención del ensayo no es catequizar con dolorosos ejemplos populares, puesto que lo verdaderamente insólito, en mi opinión, es la capacidad de resistencia de un pueblo vejado y oprimido que no obstante se mantiene vivo y también se mueve. He fatigado muchas noches dándole vuelta a esta realidad y sólo puedo llegar a una conclusión medianamente lógica: estamos vivos de milagro. El único argumento racional para que el país siga con vida debe ser por la devoción guadalupana que lo anima, de otra manera nuestra permanencia en el planeta no tiene explicación.
En un capítulo memorable de los Simpsons, un médico le explica al señor Burns las mil y una enfermedades que lo aquejan y le da un diagnóstico al respecto del porqué sigue con vida: padece usted tantos y variados males que al intentar cruzar la puerta todos a la vez se impiden el paso. La imagen es elocuente. Padecemos tantas adversidades que, por su prolijidad, se estorban entre sí para aniquilar al objetivo.
De crisis me como un plato
Además de Chava Flores –cantor sin par de nuestra tragicomedia más completamente trágica que media– Rockdrigo González, La Maldita Vecindad, el TRI y el Haragán, fue el tabasqueño Francisco José Hernández Mandujano, mejor conocido como “Chico che”, en compañía de su banda “La crisis”, quien puso a bailar a un pueblo acostumbrado a beberse la quincena en una noche y reírse de su infortunio en compañía. Chico che, como contados vates nacionales, describió con ritmos tropicales la weltanschauung de un territorio atribulado y cantó uno de los principales logros de las economías solidarias “aquí les va este gandaya, muy bueno pal vacilón… hago rifas, hago tandas, pero nunca soy fiador”.
Otra herencia de las crisis fue el multichambismo y el autoempleo en que cayó buena parte de la población, para quienes los títulos universitarios no eximían de conducir taxis, trabajar hasta tres turnos por día y vender mole los domingos.
Ejemplo de aquellas épocas, en algunos aspectos iguales a las de ahora o incluso mejores, fue la película estelarizada por Héctor Suárez con guión de Ricardo Garibay y dirección de Roberto Rivera titulada El mil usos, que cuenta la historia del desdichado campesino Tránsito Pérez que decide probar suerte en la capital para mejorar su nivel de vida y sólo consigue, además de desempeñar toda clase de oficios, madrizas, vejaciones y penurias que lo orillarán, en un momento epifánico de la película, a mandar a chingar a su madre al Distrito Federal, que tan perras y miserables experiencias le ha prodigado.
Con todo, una cosa es segura: no queda más remedio que criticar lo criticable y asumir nuestras desgracias. Ha quedado claro, recientemente con la influenza, que en momentos de crisis incluso naciones a las que México ha tendido la mano no sólo son capaces de darle la espalda sino también de condenarlo y discriminarlo.
Y es que nada nuevo está pasando, seguimos en movimiento, acostumbrados como entonces a vivir en la zozobra.


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